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Channel: Celuloides en su jugo
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Los miserables

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Que Los miserables sería una de las grandes atracciones del año se daba por descontado. Que ofrecería espectáculo, emoción y dos horas y media de números musicales vibrantes, poco menos que un hecho. Así que solo restaba averiguar qué sería capaz de ofrecer Tom Hooper a partir de un material archiconocido y exitoso mediante un reparto fenomenal. Y el resultado no defrauda.

A estas alturas serán pocos (o deberían) los no familiarizados con las desventuras de Jean Valjean, un hombre condenado a 20 años de esclavitud por robar un trozo de pan para su sobrino hambriento y, posteriormente, intentar darse a la fuga. Valjean, libre al fin, se topa con el escarnio generalizado por su condición de convicto, resuelve quebrar su libertad condicional y se convierte en un fugitivo al que da caza implacable el inquebrantable Javert. Antihéroe y villano servidos, la historia creada por Víctor Hugo en su inmortal novelón crece exponencialmente cuando Valjean asume el cuidado de Cosette, la hijita de la desdichada Fantine, y más todavía cuando, años después, Cosette se enamora, correspondidamente, del joven Marius, estudiante enrolado en una revuelta. Siempre con Javert pisando los talones a Valjean…

Hasta aquí lo conocido, probablemente no tanto por la novela de Hugo como por la adaptación en formato musical a los teatros, que nació en París, pasó a Londres y dio el salto final a Broadway. Con la celebración del 25 aniversario en tierras británicas aún reciente, el desafío de llevarlo a la gran pantalla recayó en Hooper, triunfante por su correcta y muy académica El discurso del rey, más osado en su inicial The Damned United. Sobre Hooper parece planear cierta sospecha de que no es un tipo brillante, sino un mero ejecutor, y he aquí que cuando innova en Los miserables le cae más de un palo.

Y es que sería faltar a la verdad acusar a Hooper de no dejar su sello. Ahí están esos arriesgados primeros planos con los que explota los solos de Valjean, Javert, Fantine y demás. Cuando quiere aligerar la trama lo consigue con una planificación ágil, nada ortodoxa, para nada conservadora. Y en más de una ocasión sorprende con picados y contrapicados espectaculares que van mucho más allá de colocar la cámara, gritar “acción” y dejar que canten los actores.

Claro que Hooper tenía mucho terreno ganado con un reparto de campanillas. Hugh Jackman nunca ha estado tan bien como Valjean, y Russell Crowe, aunque se percibe que es más limitado a la hora de cantar, no le va a la zaga. Qué decir de Anne Hathaway, a la que su solo le valdrá probablemente el Oscar a la mejor actriz secundaria. Del lado de los más jóvenes, valores al alza como Eddie Redmayne, perfecto como Marius, confirmando su futuro estatus de estrella tras su papel en My week with Marilyn; y el sorpresón de la película, Samantha Barks, que desgarra la pantalla con su On my own; una desconocida que se ha curtido desde jovencita en los musicales londinenses y que, afortunadamente, arrebató el rol de Eponine a la cantante Taylor Swift. Amanda Seyfried está más discreta en el rol de la sosita Cosette, mientras Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter funcionan con la precisión de un reloj suizo como la pareja de tenderos chorizos de los Tennardiere, el alivio cómico para hacer más digerible tanta tragedia. Otro robaescenas genial es el crío que interpreta al pillo Gavroche.

Hooper consigue muchas cosas en esta adaptación, una no pequeña la de resultar fiel al original, y al mismo tiempo conservar un estilo propio, apoyado en una fotografía magnífica. No carga las tintas para no ser ñoño, dosifica bien las distintas escenas, y consigue que salgas del cine con la sensación que ansiabas al entrar: la de haber presenciado un espectáculo grandioso y desbordante, basado en una de las historias de pecado y redención, amor y lucha, más potentes de cuantas han visto primero la luz en forma de novela para, después, arrasar en las tablas y terminar en la pantalla grande, en la que se antoja una versión difícilmente superable.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: Que conserva la esencia con estilo propio.

Lo peor: No poder aplaudir entre escena y escena.


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