Existe cierta corriente de malestar y rechazo al rumbo que ha emprendido la carrera de Liam Neeson en los últimos tiempos. No hace tanto, el diario de información general más vendido de este país le dedicaba más de un palo por haberse reciclado en protagonista de filmes de acción. A un servidor le parece una forma tan legítima como cualquier otra de seguir ganándose los garbanzos. ¿Acaso Robert De Niro, todo un mito, no lleva 20 años embarcado en comedias mediocres? Sí, a todos nos gustaría ver a Liam batiéndose el cobre en papeles que requieran un mínimo de actuación, pero si él mismo ha decidido que los tiempos de La lista de Schindler han quedado en el baúl de los recuerdos, ¿quiénes somos nosotros para afearle sus últimas elecciones?
Sirva este panegírico de preámbulo para romper una lanza en favor de Venganza (Taken, 2008), de largo la mejor de todas las cintas de mamporros y persecuciones protagonizadas por Neeson de un tiempo a esta parte. Lástima que la secuela sea un pálido y flojísimo reflejo. Pero aquí se trata de reivindicar la primera entrega como una película brillante en lo suyo. Porque tan complejo es armar una buena comedia de diálogos brillantes como un drama histórico o, este es el caso, una historia de venganza implacable. Los crédulos pueden echar un vistazo a la infinidad de productos que siguen ese leit motiv (los malos le tocan los huevos al héroe y este ni duerme, ni come ni evacua hasta darles su merecido por triplicado) con resultados sencillamente penosos.
Elevarse por encima de la media es meritorio, más allá del fin que se persiga. Y Venganza (lástima de título traducido; cierto que algo así como Arrebatada hubiera chirriado) lo consigue con creces. De acuerdo, el punto de partida no es el más original del mundo, pero es efectivo: al ex CIA, devenido en empleado de seguridad, le secuestran a la ñoña de su hija cuando esta llega a París y cae, ingenua ella, en las redes de una mafia que se dedica a traficar con chicas jóvenes. Tan desconfiado que roza lo paranoico, el obsesivo seguimiento que nuestro protagonista hace a su niñita le permite, en cuestión de horas, descubrir el rapto, plantarse en Francia y empezar a patear culos, como les gusta decir a los americanos.
Digamos que la gracia y la miga no están tanto en el qué como en el cómo. Venganza reúne y ensambla dos grandes aciertos: su atmósfera oscura y cargada, que permite dotar al relato de realismo y veracidad, y su ritmo trepidante, chorro tras chorro de adrenalina, que consigue que apenas repares en lo poco verosímil que resulta ver a Liam Neeson, a sus años y con sus kilos de más, repartiendo galletas, pegando brincos y conduciendo a velocidad rallana en el suicidio. El guión del omnipresente Luc Besson y la dirección de Pierre Morel, responsable de fotografía de Transporter, logran que olvides a Oskar Schindler y jalees las palizas de este Jack Bauer de dos metros y sin las caras de torturado de Kiefer Sutherland.
Tal vez resulte impopular sacar la cara por este tipo de cine, que provoca sarpullidos supurantes a los más gafapastas, y no es el mejor aval para escribir en Sight and Sound aplaudir a Liam Neeson por no quedarse en su casa esperando a que vuelvan a ofrecerle papeles, entre comillas, más a su altura. Pero esto es Celuloides en su Jugo. Y, desde aquí, bien por Liam y bien por Venganza. Eso sí: la segunda parte es una castaña y la demostración de cómo emborronar un primer esfuerzo más que notable. Aunque, como diría aquel, esa es otra historia.