La culpa la tienen películas como Up, Los increíbles o Gru. Olvidamos que las cintas de animación van, en esencia, destinadas a un público infantil, y las visionamos con el listón alto y unas expectativas que es de lo más fácil del mundo que se acaben viendo defraudadas. Seguramente llegaréis al final de esta crítica y consideréis injusta la nota que le otorgamos a El alucinante mundo de Norman (Paranorman). Y seguramente tendréis razón. Pero ya no hay vuelta atrás. Somos como ese tigre que ha probado carne humana: a partir de ese momento, ya no quiere otra cosa.
Y ocurre que el pobre Norman no juega en la misma liga que el abuelito de Up. Lo suyo es un entretenimiento más infantil, por más que se esfuerce por colar cierto subtexto para que los mayores puedan decir: “ok, he ahí la moraleja del cuento”. No hay mucho de original en la premisa. El protagonista marginado, un paria tanto en su casa como en su colegio, un loser, por utilizar la terminología americana, un chavalín solitario y melancólico al que su “poder” especial, lejos de convertirle en alguien, le ha reducido a la nada. Su habilidad para ver y conversar con los muertos provoca la repulsión de su familia y las chanzas de sus compañeros. Al pobre Norman solo le entiende otro paria, el gordito de la clase.
Ocurre que, muy oportunanemente, como manda la tradición, se cumple el aniversario de la condena a la hoguera de cierta bruja, y solo nuestro amigo Norman está en condiciones de hacerle frente, una vez fallecido el estrafalario de su tío. Formando improbable equipo con el gordito, un matón que le hace la vida imposible, su propia hermana y el hercúleo hermano del gordito, Norman se lanza a una carrera desesperada por descubrir cómo hacer frente a la bruja y la horda de zombies que pululan por la ciudad sacando lo peor de sus vecinos, que pronto echan mano a todo objeto contundente que encuentran a su paso.
El guión va construyendo, así, una denuncia a la marginación de los que son diferentes y a la pérdida de capacidad crítica, la atrofia de la masa. Y nos va mostrando un fuerte paralelismo entre Norman y la bruja, dos incomprendidos que han sufrido por sus peculiaridades. Lástima que esto haga desaparecer de un plumazo el tono cachondo que ha presidido el filme hasta entonces, para dar paso a una fase de lo más ñoño y edulcorado, que convierte a Norman en una especie de coach que se dedica a soltar un improvisado speech al más puro estilo Disney.
Queda el poso de imaginar lo que hubiera podido dar de sí la película con un espíritu más gamberro, si se hubiera apostado por un final menos convencional, menos feliz, si se hubiera llevado más lejos la sátira de una sociedad idiotizada que siempre está presta para echar mano de la antorcha y marchar como búfalos con los ojos inyectados en sangre. Probablemente era pedirle demasiado a lo que no deja de ser una cinta de animación para que la chavalada se eche unas risas, entre persecuciones de zombies y heroicidades infantiles.
Veredicto: 6,5
Lo mejor: El amigo gordito.
Lo peor: Ese final taaaan ñoño.